La guía de referencia fundamental de la psiquiatría para las afecciones de salud mental, el Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales (DSM), está preparada para una revisión significativa. El DSM, considerado durante mucho tiempo la “biblia” del campo, actualmente cataloga casi 300 condiciones distintas, pero enfrenta críticas constantes por su falta de rigor científico.
La Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA) ha anunciado planes para reestructurar el enfoque del diagnóstico del DSM, dando prioridad a lo que llama “medidas objetivas de la enfermedad”, es decir, biomarcadores que podrían indicar una enfermedad mental. Este movimiento señala un cambio fundamental en la forma en que se define y trata la salud mental.
La necesidad de cambio: un sistema bajo escrutinio
Durante décadas, el DSM ha sido controvertido. Los críticos argumentan que sus categorías de enfermedad mental no se basan en evidencia científica sólida. En cambio, originalmente estaban determinados por cómo los síntomas parecían agruparse en los pacientes, un método que no se ha traducido consistentemente en hallazgos biológicos. El sistema actual obliga a los médicos a asignar diagnósticos específicos, como “trastorno depresivo mayor” o “bipolar I”, que a menudo son necesarios para la facturación, pero que no siempre reflejan con precisión la experiencia del paciente.
El problema no es sólo académico. Los médicos a menudo se sienten presionados a hacer diagnósticos definitivos incluso cuando existe incertidumbre, una situación que no ayuda a los pacientes. La APA reconoce este defecto y pretende introducir niveles de diagnóstico más variables y matizados.
El DSM del futuro: ¿un enfoque basado en el espectro?
Los cambios propuestos permitirían a los médicos proporcionar diagnósticos que van desde muy específicos hasta ampliamente descriptivos, incorporando factores contextuales (estado socioeconómico, historial médico, calidad de vida) junto con datos biológicos (genética, biomarcadores potenciales). El comité que lidera este esfuerzo incluso sugiere cambiar el nombre del DSM para enfatizar sus aspiraciones científicas.
Sin embargo, la inclusión de biomarcadores sigue siendo el aspecto más polémico. Si bien la investigación sobre biomarcadores de enfermedades mentales está en curso, actualmente no existen firmas biológicas confiables para la mayoría de las condiciones. A pesar de esto, la APA tiene como objetivo hacer que el DSM se adapte para incorporar biomarcadores si están disponibles.
Escepticismo y dudas científicas
Algunos expertos dudan que esta reforma resuelva los problemas fundamentales. La psicóloga Ashley Watts señala que es posible que el nuevo modelo no ofrezca mejoras prácticas significativas, mientras que el ex director del Instituto Nacional de Salud Mental, Steve Hyman, cree que es posible que nunca se encuentren biomarcadores confiables para las enfermedades mentales.
El problema subyacente es que es posible que las categorías del DSM no representen con precisión cómo funcionan las enfermedades mentales. En lugar de límites claros, muchos expertos sugieren un modelo basado en el espectro, en el que los rasgos de salud mental varían continuamente en lugar de encajar en cuadros de diagnóstico rígidos.
Este enfoque, aunque teóricamente sólido, enfrenta obstáculos prácticos. Incluso los defensores de la alternativa dimensional, como Watts, reconocen los desafíos de implementación en entornos clínicos del mundo real. Las categorías existentes en el DSM también pueden obstaculizar la investigación al oscurecer las conexiones entre las condiciones. Por ejemplo, los estudios que se basan en los criterios del DSM para la esquizofrenia podrían pasar por alto vínculos cruciales con el trastorno bipolar.
En última instancia, los cambios de la APA representan un intento audaz de modernizar la clasificación de la salud mental. Queda por ver si logrará cerrar la brecha entre los síntomas subjetivos y la biología objetiva.
