Un nuevo e innovador estudio publicado en Science sugiere que la genética desempeña un papel mucho más importante en la determinación de la esperanza de vida de lo que se estimaba anteriormente. Durante décadas, los científicos creyeron que la longevidad era hereditaria solo alrededor del 25%, y que el 75% restante se atribuía a factores ambientales como la dieta y el estilo de vida. Sin embargo, investigaciones recientes indican que la esperanza de vida puede estar determinada genéticamente hasta en un 55%.
La base defectuosa de estimaciones pasadas
La discrepancia surge de cómo se realizaron los estudios anteriores. Las primeras investigaciones sobre longevidad se basaron en gran medida en datos de poblaciones donde la mortalidad extrínseca (muertes causadas por accidentes, infecciones u otros factores externos) era alta. Esto sesgó los resultados, haciendo que la genética pareciera menos influyente de lo que realmente es. El problema es que si alguien muere en un accidente automovilístico a los 25 años, eso no dice mucho sobre su esperanza de vida potencial si hubiera vivido hasta los 80 años.
Distinguir entre causas de muerte internas y externas
Los investigadores dirigidos por Uri Alon en el Instituto Weizmann de Ciencias reformularon la pregunta separando las muertes en dos categorías: mortalidad intrínseca (por envejecimiento biológico y mutaciones genéticas) y mortalidad extrínseca (por causas externas). Cuando las simulaciones por computadora eliminaron todos los factores externos, la heredabilidad de la esperanza de vida casi se duplicó. Esto sugiere que si la gente viviera en un mundo sin accidentes ni enfermedades, el componente genético de la longevidad sería mucho más evidente.
La creciente heredabilidad con la disminución de la mortalidad extrínseca
El estudio refuerza esta idea al analizar datos de gemelos nacidos en diferentes épocas. A medida que los avances médicos redujeron la muerte prematura por causas externas, la heredabilidad observada de la esperanza de vida aumentó constantemente de una generación a la siguiente. La tendencia es clara: a medida que disminuye la mortalidad extrínseca, la influencia genética en la esperanza de vida se vuelve más pronunciada. Esto significa que para las personas nacidas hoy, con tasas significativamente más bajas de muertes accidentales o infecciosas, es probable que la genética desempeñe un papel dominante en su duración de vida.
Las implicaciones para la investigación futura
Si bien algunos investigadores señalan que las personas todavía mueren por ambos tipos de causas, la nueva estimación del 55% de heredabilidad es más relevante para las poblaciones modernas. Comprender estos factores genéticos intrínsecos es ahora una prioridad para los científicos que estudian el envejecimiento. El objetivo final es desarrollar terapias que imiten las ventajas biológicas de los centenarios (aquellos que viven hasta los 100 años o más) y hacerlas accesibles para todos.
Como dice Sofiya Milman, científica especializada en longevidad de la Facultad de Medicina Albert Einstein: “Esperamos crear terapias que imiten esos factores intrínsecos… y las hagan accesibles a las personas que no ganaron la lotería genética”.
En esencia, los últimos hallazgos subrayan que, si bien las elecciones de estilo de vida son importantes, la genética puede, en última instancia, ser la clave para prolongar la esperanza de vida humana.
